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25 junio 2012 1 25 /06 /junio /2012 17:56

Las historias de desaparecidos en nuestros días están continuamente en las paginas de los diarios. De alguna de estas personas se afirma que tenían alteradas sus facultades mentales y su desaparición es perfectamente explicable,  pero de otras, no.  De éstas últimas, lo que casi nunca se ha dicho es que gran parte de los desaparecidos nunca son encontrados.

Son personas que han desaparecido cuando caminaban, en presencia de testigos, y en muchas ocasiones la desaparición tuvo lugar hallándose en el interior de un vehículo o de una embarcación. Así como han llegado hasta nuestros días crónicas milenarias en las que se relatan fenómenos fantasmales, no ha sucedido lo mismo con las desapariciones. ¿Quien o qué se los lleva?

Tal vez porque nadie se fijaba en ellas, o tal vez porque en otros tiempos jamás sucedían. Pero a partir del siglo pasado, mucha gente comenzó a fijar la atención en ciertos casos inexplicables. No se sabe a ciencia cierta adonde van a para tantos desaparecidos que jamas vuelven a ser vistos, ¿Existen puertas de acceso a una dimensión desconocida?

Nos referimos entre otros al Triángulo de las Bermudas, el Mar del Diablo, personas tragadas por puertas dimensionales, apariciones y desapariciones imposibles, el experimento Filadelfia, y muchos mas…

Triángulo  de las Bermudas.

Uno de los mayores desastres, por la perdida de vidas humanas además de los irreparables daños materiales, ocurrió en el tristemente famoso Triángulo de las Bermudas el 4 de febrero de 1963. El barco Marine Sulphure Queen, desapareció de una manera inesperada sin que existieran perturbaciones atmosféricas de ningún tipo y tras comunicar el radiotelegrafista que todo marchaba bien a bordo. Sus 39 tripulantes y su carga se esfumaron para sumarse a la larga lista de barcos desaparecidos en esa zona.

Sir Benjamín Bathurst había sido llamado desde Londres para que se presentase a la mayor brevedad. El 25 de noviembre de 1809 arribó a la población alemana de Paleburg y descendió de su carruaje para estirar las piernas mientras daban de comer a los caballos. Rodeó a los palafreneros encargados de los animales, pasó por detrás de éstos y no volvió a ser visto. Fueron testigos de la desaparición el propio secretario de Sir Benjamín, su valet y no menos de una docena de personas. Había un elevado muro de piedra, sin puertas, que impedía el paso al embajador, y sin embargo se desvaneció en el aire. Lo estuvieron buscando por la posada y los alrededores durante un par de horas, sin éxito. Se dio entonces aviso a las autoridades. Tampoco hallaron nada. ¿Acaso se desintegró en el aire por alguna causa desconocida para aquella época y también para ésta en que vivimos?

[Paseo de carruajes.jpg]

Un extraño caso de abismo temporal fue el sufrido por el patrullero Chester Archey, quien habiendo desaparecido de donde se encontraba volvió a ser visto minutos más tarde en otro lugar, distante varios kilómetros. El 24 de agosto de 1966, varios testigos lo vieron al volante de su patrulla en las inmediaciones de Filadelfia, capital del estado de Pensilvania. Y de repente dejaron de verlo, como si se lo hubiera tragado la tierra, O, mejor dicho, el asfalto de la carretera. Un par de minutos más tarde, o tal vez en el mismo instante de desaparecer de Pensilvania, Chester Archey se materializaba en plena calle principal de Pennsauken, Nueva Jersey, al volante de su patrulla, a más de un centenar de kilómetros de donde acababa de ser visto.

El siguiente año sucedió algo parecido en la playa de Ashbury Park, Nueva Jersey, Era el 22 de agosto de 1967. El joven Bruce Burkan, de diecinueve años, llegó a la playa en compañía de su novia. Recordó de pronto que debía echar unas monedas al parquímetro. No se sabe qué sucedió en aquel momento, pero el 24 de octubre reapareció de manera inexplicable, vistiendo ropa que no era de su talla, en una terminal de autobuses de Newark, con siete centavos en el bolsillo. No recordaba su nombre ni de dónde venia. El agente de policía que se fijó en él se lo llevó a la delegación de policía; y después de hurgar en su ropa y no encontrar nada, supusieron que se encontraban ante un caso claro de amnesia. Finalmente, logró identificarse al joven.

¿Fue un simple caso de amnesia lo sucedido con el joven Burkan, como pudo serlo también aquél que tuvo lugar por los mismos días con un científico vecino de Boston?

El 15 de agosto de 1967, Paul T. McGregor, de treinta y siete años, casado, salió de su oficina en la Polaroid y tomó el camino de Camp Kirby, lugar de recreo donde lo esperaba su familia. Su esposa e hijos lo esperaron en vano durante los siguientes treinta días. A mediados de septiembre un hombre se presentó en la delegación de policía de la ciudad de Bufalo, Nueva York, y declaró que no sabia quién era ni qué había hecho en los anteriores días.

¿Anduvo vagando por las calles o estuvo en poder de alguien que borró de su memoria el recuerdo de cuanto hizo y vio?

La familia Méchinaud pasó la Nochebuena de 1972 en casa de unos amigos que vivían en la localidad francesa de Cognac. Después de cenar el matrimonio  y sus hijos tomaron el camino de regreso a casa, que se encontraba en el pueblo de Boutiers, en el departamento de Charente. Jamás llegaron a ella. Cuando se encontraban a unos cuatro kilómetros, siendo la una de la mañana del día 25 de diciembre, se volatilizaron en el aire. Jamás fueron hallados.

Años antes habían corrido la misma suerte los cinco miembros de la familia Martin que vivían en Portland, Oregón. El 7 de diciembre de 1958, Kenneth Martin, de cincuenta y cuatros años de edad, su esposa y sus tres hijos, dijeron a sus vecinos que iban al bosque en busca de un árbol para adornarlo durante la Navidad. No volvieron a ser vistos.

El 29 de aquel mismo mes, un contratista de obras llamado Earl Zrust, con domicilio en Silver Lake, desapareció también, inexplicablemente, en compañía de su esposa y de sus cuatro hijos. No tenía motivos para abandonar su casa, que acababa de pagar. No aparecieron los cuerpos en las cercanías. ¿Que explicación dar a tan extraña desaparición y porque las autoridades estadounidenses reciben cada ocho minutos, en toda la Unión americana, el aviso de que alguien dejó de ser visto, que desapareció de manera imposible de aclarar? ¿A dónde van, las personas que se desvanecen en el aire?

Pero ninguna de las desapariciones mencionadas se compara con la que protagonizó un niño galés en la Nochebuena de 1909, que se ha convertido en clásica en el anecdotario de lo insólito. En la granja de Owen Thomas, a corta distancia del pueblo de Brecon, en el país de Gales, se habían reunido aquella noche varios amigos para saborear una suculenta cena. Poco antes de medianoche, la señora Thomas encargó a su hijo Oliver, de once años, que acudiese al pozo en busca de agua. Dos minutos más tarde, sonaron unos gritos de auxilio. Corrieron varios hombres armados al lugar donde suponían que un lobo atacaba al niño, siguiendo las huellas dejadas por éste en la nieve. Les esperaba una sorpresa.

Hallaron el cubo tirado todavía lejos del pozo y ninguna huella del lobo. Y tampoco Oliver. Las pisadas desaparecían de pronto, como si le hubiesen salido alas. Ante el pánico de los hombres que miraban en todas direcciones, en busca del desaparecido, se oyeron repentinamente unos gritos de auxilio del cielo, que duraron un largo rato y se fueron debilitando poco a poco, hasta extinguirse. A la mañana siguiente llegaron al lugar las autoridades, pero por más que investigaron en el terreno nada encontraron que pudiese aclarar el enigma. Nadie supo explicar por qué desaparecían de pronto las huellas de Oliver. No conocían de ningún águila capaz de elevarse con tan pesada carga, ni creía nadie que se hubiesen llevado al niño desde un globo aerostático desde el cual dejaran caer una cuerda.

Semejante en ciertos puntos a la historia del niño Oliver Thomas había sido la que el 23 de septiembre de 1880 tuvo como protagonista principal al campesino David Lang cuando se dirigía caminando a su granja, procedente del pequeño poblado de Gallantin, Tennessee. Se encontraba muy cerca de su casa cuando se cruzó con él su viejo amigo el juez Augustus Peck, sentado en su cabriolé. Los dos hombres se saludaron cordialmente, y desde la casa de Lang, los hijos del granjero contemplaron la escena y avisaron a su madre que podían sentarse ya a comer. La madre apareció en el umbral de la casa y dirigió una mirada al camino. Vio solamente al juez que se alejaba en su vehículo. Al escuchar los gritos de los Lang, Peck les dirigió unas palabras, riendo ante lo que consideraba una broma del granjero. Seguro que se había ocultado en algún lugar.

Pero no existían matorrales ni árboles en un radio de doscientos metros. ¿Dónde podía haberse ocultado David? Sucedió como en el episodio de Oliver: hallaron las huellas de Lang que desaparecían de pronto, como si hubiera echado a volar. ¿Era esto lógico? Llegaron unos vecinos y buscaron por todas partes. La desaparición de David Lang resultaría todo un misterio. Pero este misterio iba a tener una segunda parte. La primavera siguiente, la pequeña Sara pasaba por el lugar donde fue visto su padre por última vez y se le ocurrió llamarlo a gritos. Estando en el lugar exacto donde desapareció el granjero, ocupado ahora por una mancha circular amarillenta, llegó a oídos de la niña la voz del hombre, como si viniera de otro mundo.

Durante la llamada Guerra de Sucesión, que tuvo lugar en la España de comienzos del siglo XVIII,  un ejército de cuatro mil soldados que se había internado por la cordillera que separa a Francia de la península ibérica, decidió acampar una noche junto a un arroyo. A la mañana siguiente habían desaparecido hasta el último, incluidos los oficiales.  Algo por el estilo iba a suceder a mediados del siguiente siglo en Indochina. Seiscientos cincuenta soldados franceses desaparecieron en 1858 cuando se dirigían caminando en grupo a la ciudad de Saigón. Se encontraban a unos veinte kilómetros de esta población cuando se es fumaron.

Imagen

Soldados españoles de la Guerra de Secesión.

Igual iba a suceder el 10 de diciembre de 1939 en las inmediaciones de la población china de Nanking, cuando los ejércitos japoneses saqueaban el país. Los soldados chinos se defendían desesperadamente en un fuerte situado al sur de la ciudad. Tres mil soldados fueron transportados por tren aquella noche, para defender Nanking. Los dejaron a corta distancia de su objetivo y siguieron el camino a pie para no ser descubiertos por el enemigo. El coronel Li Fu- Sien ordenó a sus hombres dispersarse, para disimularse mejor en el terreno. A la mañana siguiente no que daba uno solo en el lugar. Sólo aparecieron las armas. ¿Abandonaron acaso sus puestos?
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Ejército chino.

El lugar carecía de vegetación y era imposible esconderse. Sin embargo, jamás fueron vistos los tres mil hombres. Cuatro años más tarde iba a tocar el turno de esfumarse a unos soldados japoneses. Era una división bien pertrechada, que se encontraba en la Nueva Guinea, la que se desvaneció completa sin dejar ningún rastro. El gobierno japonés investigó el caso para solucionar el misterio. Nadie podía pensar que unos soldados fieles al emperador y al país tirasen al suelo las armas y se ocultasen en una cueva. Tampoco era creíble que los papúes que habitan en esta isla, tan amantes de la carne humana, hubiesen dado cuenta de todos los forasteros. El enigma de la Nueva Guinea jamás logró aclararse.

Pero tal vez de todas las desapariciones masivas conocidas sea la sucedida en 1915 en Gallipolilas la más conocida y extraordinaria, porque pudieron ver los testigos el momento exacto en que se esfumaban todos los soldados del Quinto Regimiento de Norfolk. Los Dardanelos son un brazo de mar que separa al continente europeo del Asia Menor y presenta en un extremo una elevación montañosa conocida como península de Gallípoli. Durante la 1 Guerra Mundial fue un punto estratégico de enorme importancia, que estaba en poder de los turcos. Era razón más que suficiente para que los ingleses quisieran ocupar lo. Pero no sólo fracasaron en sus planes, sino que perdieron de manera inexplicable a todo un regimiento.

5º Regimiento de Norfolk.

El 12 de agosto de 1915, el 5º Regimiento de Norfolk avanzaba hacia la península y su marcha era seguida desde una colina cercana por varios soldados del cuerpo de Anzacs, formado por expedicionarios australianos y neozelandeses. El día era claro, sin nubes en el cielo, o mejor dicho, los observadores Anzacs vieron con sus prismáticos una extraña nube que apareció de pronto, grande y con forma de cigarro, que parecía estar deslizándose hacia la cota 60, meta de los ingleses. Los testigos contemplaron entonces un espectáculo sumamente extraño: la nube tenía unos doscientos metros de longitud y sesenta de espesor y era tan densa que reflejaba los rayos del sol.

Se dejó caer lentamente hasta casi tocar el suelo y se arrastró en dirección a los soldados del 5º Regimiento, hasta cubrirlos por completo durante unos minutos. A continuación se elevó de manera igualmente lenta y fue a reunirse con otras nubes de menor tamaño, esféricas, que habían permanecido inmóviles en el cielo. Una vez que la nube grande se reunió con las pequeñas, cobraron de pronto velocidad y se alejaron rápidamente hacia el norte. Los Anzacs contemplaron con incredulidad el inusitado espectáculo, pero cuando bajaron la mirada hacia la cota 60, recibieron la mayor de las sorpresas. ¡El lugar estaba desierto!

¡Los soldados ingleses no aparecieron por ningún lado! El gobierno inglés envió una enérgica protesta a los turcos al terminar la guerra. Estos no supieron dar la menor explicación al respecto. Ningún soldado del 5º Regimiento de Norfolk había sido hecho prisionero ni se tenían noticias acerca de un lugar donde pudieron ocultarse.

Otro enigmático caso fue el de una brigada de salvamento que en 1941 partió en busca de tres alpinistas que quisieron escalar un escarpado monte en Suiza. Eran los tiempos de la II Guerra Mundial, cuando cualquier cosa era posible. Las huellas de los tres alpinistas aparecieron finalmente, en circunstancias increíbles. Se detenían en el centro de un terreno cubierto de nieve. No había ningún barranco al cual hubieran podido caer y la nieve seguía virgen después de varios días de calma. Muy cerca del lugar donde se perdían las huellas halló la brigada tres orificios formando un triángulo equilátero de doce metros de lado ¿Qué misterioso aparato se posó sobre el lugar? Como el misterio no parecía tener solución, se dio por muertos a los tres alpinistas y se cerró el caso.

En los anales de la Policía Montada del Canadá figura un extraño caso que jamás logró ser aclarado. Sucedió en el otoño de 1930 a orillas del pequeño lago Angikimi, muy cerca de la bahía de Hudson, unos 500 kilómetros al noroeste de la base de Churchill. En aquel lugar se encontraba un poblado esquimal que visitaban ocasionalmente cazadores y traficantes de pieles para realizar provechosos negocios con los nativos. Compartían su carne o fumaban la pipa de la amistad. Jamás se suscitaron disputas entre los esquimales y los visitantes. Pero en el otoño de aquel 1930 sucedió algo extraordinario en el poblado, que no ha logrado ser aclarado. Cierto trampero llamado Joe La belle llegó al poblado y lo recibió un silencio absoluto. Examinó por dentro todas las tiendas de piel de caribú, pero a nadie halló.

Solamente vio recipientes con comida, que debieron ser calentados con fogatas apagadas desde hacia varios días. Encontró agujas de hueso clavadas en unos tejidos, como si las mujeres hubiesen abandonado su labor repentinamente. Joe Labelle supuso que todos los habitantes del lugar se habían ido por alguna razón que ignoraba. Pero le llamó la atención ver que dejaron comida y el tejido sin terminar de las mujeres. Si se sentía algo extrañado, su desconcierto creció en intensidad al dirigirse a la orilla del lago, donde solían atar los esquimales sus canoas. ¡Estaban todas allí, hasta la última!

En vista de que se trataba de un auténtico enigma, juzgó prudente dirigir sus pasos hacia la base de Churchill, donde informó a la policía. Una semana más tarde estaba de regreso Labelle con varios policías. Comprobaron éstos que todo cuanto dijo el trampero era cierto y hallaron además otros elementos que convertían aquella ausencia en un verdadero misterio, tal vez imposible de solucionar. Un esquimal jamás se separa de su rifle, y sin embargo todas las armas estaban abandonadas en el suelo. De alguna manera debieron abandonar los esquimales su poblado, se dijeron los policías. Si no se fueron en sus embarcaciones, lo hicieron en sus trineos. Fueron en busca de los perros y los encontraron muertos. Eran siete en total, y estaban atados a unos árboles y presentaban dentelladas en el cuerpo.

¿Acaso se lanzaron unos sobre otros en lucha feroz cuando sintieron hambre y nadie llegó a darles de comer? El dictamen de los análisis realizados más tarde demostraría que los animales murieron de hambre, pero antes de llegar a esta confirmación, los policías y Joe Labelle habían tenido oportunidad de descubrir otro enigma. Encontraron una tumba esquimal en muy anormales condiciones. Los esquimales jamás entierran a sus muertos, sino que los depositan en el suelo y amontonan piedras encima. Pero en aquella ocasión, alguien había quitado las piedras, que desparramó en torno suyo, y se llevó los cadáveres.

No pudieron realizar aquel trabajo los perros, por que estaban atados, ni tampoco unos lobos, porque unos y otros no son capaces de echar abajo las piedras. ¿Quién pudo ser el causante de aquella desbandada y de otros misterios tan patentes, y por qué lo hizo todo? Tanto Joe Labelle como sus compañeros tuvieron que abandonar el poblado a orillas del lago Angikimi sin descubrir el enigma. Nadie volvió a ver a los habitantes del lugar ni a saber de ellos.

Sucedió como si, de pronto,  se hubiesen volatilizado de manera que nadie ha sabido explicar.

Fuente:www.artigoo.com

 

 

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Published by Agartha
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